HUMOR: Demóstenes, el arte de hacerse escuchar

Demóstenes, ya graduado de orador, ensaya su discurso desde la tribuna más alta, por si Atenas todavía no lo escucha.

En la antigua Atenas, Demóstenes (H. sapiens recens) tenía un problema bastante serio para alguien cuyo oficio consistía, precisamente, en hablar: su voz y sus palabras no siempre se llevaban bien. La tradición cuenta que practicaba incansablemente, incluso con guijarros en la boca y enfrentándose al viento, hasta conseguir dominar su dificultad y convertirse en uno de los grandes oradores de la historia.

No era, desde luego, el método que recomendaría hoy un fonoaudiólogo, pero los griegos antiguos tenían una relación bastante más heroica con el aprendizaje.

Muchos siglos después, apareció en mi vida otro Demóstenes (C. lupus familiaris).

No era ateniense, no vestía túnica y jamás pronunció un discurso en el Ágora. Era un perro. Y tenía un problema bastante más sencillo de describir: no sabía ladrar.

Lo intentaba, por supuesto, pero aquello era más parecido a una tos con aspiraciones de discurso que a un ladrido propiamente tal. Abría la boca con enorme convicción y de allí salía una especie de sonido incompleto, como si el ladrido se hubiera arrepentido a mitad de camino.

Para un perro, aquello constituía una desventaja social considerable.

Después de todo, ladrar es una de esas habilidades que uno supone vienen instaladas de fábrica. Nadie imagina a un cachorro leyendo el manual de instrucciones para descubrir dónde está el botón correspondiente.

Sin embargo, Demóstenes perseveró.

Escuchó a otros perros, observó sus técnicas, ensayó, moduló y fue descubriendo, poco a poco, que la voz podía tener matices. Aprendió los graves, los agudos, los ladridos breves, los prolongados y hasta esas entonaciones que parecen contener una opinión editorial bastante precisa sobre lo que está ocurriendo.

También comprendió que no todos los acontecimientos merecen el mismo registro.

Una persona desconocida acercándose a la casa exige un ladrido serio, profundo y profesional.

Un pájaro en el jardín requiere algo más urgente.

Una bolsa movida por el viento puede justificar, según las circunstancias, una intervención de varios minutos.

Y el simple sonido de alguien abriendo el refrigerador merece, aparentemente, una comparecencia inmediata.

Hoy es un ladrador eximio.

Ha desarrollado volumen, presencia y una notable capacidad para hacerse escuchar incluso cuando nadie le ha solicitado formalmente su opinión. Podría decirse que pasó de tener dificultades de expresión a practicar una especie de oratoria permanente.

No necesitó guijarros ni el viento de Atenas.

Solo necesitó tiempo, práctica y algo muy importante: tener siempre algo que decir.

En eso, probablemente, se parece bastante al Demóstenes original.

Aunque existe una diferencia.

El gran orador ateniense aprendió a dominar su voz para hablar cuando correspondía.

Nuestro Demóstenes todavía está trabajando en esa segunda parte del programa.

Porque descubrir la propia voz puede ser una gran conquista.

Aprender cuándo conviene usarla es, al parecer, un curso avanzado.

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